Luces de neón

Anochece en un Madrid despierto entre el ruido del tráfico y el ir y venir nervioso de gente atraída por la música de reclamo de las grandes superficies. Almas perdidas en la sociedad del consumo, peleándose con el deseo de tener y la realidad de sus bolsillos. Hace frío y entretiene los minutos inventando historias de otras vidas que le son totalmente ajenas. En su imaginación las calles se van transformando en páginas de un libro aún por escribir. No le ha visto llegar. Hacía rato que vagaba perdida entre sueños prestados. Ahora caminan el uno al lado del otro, en silencio, como dos desconocidos con similar rumbo. Se detienen en el mismo hotel pero en distinto cuarto. Testigos mudos del amor clandestino. La puerta se cierra y el ruido se detiene tras ella. Sus bocas tropiezan torpemente delatoras de los días que han pasado desde el último encuentro.  Dos anhelos que estallan iluminados por luces de neón colándose a través de las ventanas. El inexorable tiempo araña sus corazones mientras los cuerpos yacen entrelazados en un desierto de sábanas. Es tarde y somnolientos comienzan a recomponerse cual muñecos rotos. Saben que, al apagarse las luces, ella marchará calle arriba y él la verá perderse al torcer la esquina.

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A fuego lento

25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género

Poner una olla al fuego con abundante agua, el aceite y la sal; cuando el agua esté hirviendo, añadir la pasta lámina a lámina…” Me encanta lavar los platos a mano; no entiendo esas remilgadas que lo único que saben es dar al botón del lavaplatos. El chapoteo del agua, al abrir el grifo, rompe con el silencio de la casa. Es armonioso. Primero, cayendo con fuerza como la corriente de un manantial y después, según se va llenando la pila, su sonido va quedando sofocado y cambiando de compás. Es más un borboteo. Blop, blop, blop… Podría ponerme guantes pero me gusta sentir como se calienta el vidrio. Y, lo mejor, ver como las gotas enjabonadas se deslizan por mis manos hasta llegar en ocasiones al antebrazo, produciendo un cosquilleo que me hace estremecer. −¿Crees qué el motor de un lavaplatos puede darte eso? ¡ja, ja! ¡Mucho tendría que avanzar la tecnología!

−Yo creo que esto ya está. Unos ocho minutos es suficiente. Me parece que leí en la caja nueve o diez minutos pero prefiero dejarlos al dente.

“Una vez cocida, refrescar la pasta” ¡Al grifo! –Uy,  ésta lámina se ha desquebrajado un poco. Bueno con la bechamel no se notará nada. La pondré al fondo de la bandeja y me la comeré yo. Ya será suficiente. Si la dejo más rato el agua fría arrastrará la sal y se quedará insípida. Están perfectas. Dan ganas de ponerse a pintar en ellas como si fueran pequeños lienzos. Los frescos de El Prado comestibles. En estos tiempos puede que la gente acudiera a los museos a llenar el estómago más que por amor al arte. –¿Y usted, señor, qué prefiere? Tenemos las Meninas de Velázquez o Los Fusilamientos de Goya como menú del día. –No mire, lo que pasa es que soy vegetariano. ¿No podría ser El jardín de las delicias del Bosco? –Claro, señor, tenemos todo lo que aparece en la carta a excepción de El lavatorio de Tintoretto. Los italianos hambrientos nos lo pidieron prestado el mes pasado alegando derechos de autor.

“Colocar la pasta sobre un paño grande y seco y dejarla escurrir durante unos minutos…” No especifica nada de los minutos. Dos, tres, cuatro… Los dejaré cinco para estar más segura.

−Buenos días cariño. No, no pases que es una sorpresa. Enseguida comemos; te va a encantar. ¡Ponte cómodo!

Qué día más bonito hace hoy. Desde siempre me gustaron estos primeros días de primavera. El sol y la lluvia intercalándose. Nunca sabe uno lo que ponerse.  Aunque ese caos lo hace divertido. La gente se vuelve loca. Guardar la ropa de invierno y sacar la de verano o dejarlo todo como está. El armario se parece más a los cajones de madera de unos grandes almacenes en rebajas que a un armario. Así no hay quién encuentre nada. Marta y yo nos sentábamos en un banco a la salida del instituto y al tiempo que comíamos pipas nos dedicábamos a criticar las pintas de los demás. –¡Mira aquella! Botas de invierno y sin medias… Aquella, la que está al lado del rubio con el jersey de ochos. Si, si, la de la minifalda vaquera ¡Se está congelando de frío! Aunque no se que es peor si esa o aquel que viene por allí con el abrigo de borreguillo. Tampoco es para tanto, ¡se debe de estar cociendo! ¡Ja, ja! Las risas se debían de escuchar hasta en el claustro de profesores, lo digo por la mirada reprobatoria que nos echaba la de francés cuando pasaba a nuestro lado. –¡Qué tiempos! Un día de estos llamo a Marta. Seguro que ella también se acuerda.

Desde mi ventana se ven las acacias. Ya están en flor. Dentro de poco comenzaré a estornudar. Siempre me digo que tengo que ir al médico. Pero chica, es que a mí no me gustan nada los hospitales y mucho menos el ambulatorio comarcal. Los falsos techos están ennegrecidos. Parece que alguien hubiera encendido allí una hoguera para calentarse en invierno. Como en las chabolas, igual, igual. La pintura de las paredes está desconchada y lucen por todas partes huellas de pisadas. A veces, en las interminables esperas (no entiendo por qué tienen que citar a tres personas a la misma hora ¡ni que tuvieran que asegurarse la ocupación!) imagino a duendes  y criaturas siniestras andando como si tal cosa por las paredes. –Hola, ¿tu también por aquí? −Ya ves, me cansé de los bosques y me vine a la ciudad. −Pues el otro día me encontré en el techo con un trasgo. ¡No sabes la impresión que me dio!  Porque si no, que alguien me explique ¡cómo llegan esas pisadas a las paredes! Yo, por ahora pisar piso suelo firme, y los que me rodean también. Pero aunque fuese un palacio de cristal tampoco iría, no me gustó la cara del médico la última vez. Lo que pasa es que porque tienen la carrera de medicina se creen que lo saben todo, que están por encima del bien y el mal. No se si me miraba con sorna, con displicencia o con lástima. Qué vergüenza. No, no vuelvo, ya pasé suficiente bochorno. Y lo peor, cuando cuchicheaba con la enfermera. ¿De qué hablarían?

−Si, si, enseguida está. Lo sé, no te preocupes que falta poco, ya termino. Pon las noticias, ¡¿vale cielo?!

“Picar los huevos cocidos y desmenuzar el atún…” Tendría que haber puesto los huevos a cocer al mismo tiempo que la pasta. ¿Dónde tendré la cabeza? Bueno, no pasa nada. Se ponen ahora mientras preparo lo demás. Eso, empezaré con la bechamel. La última vez me quedó  con grumos; probaré a pasarla por la batidora. El lunes, en el matinal, el cocinero lo hacía así y quedaba bastante bien. Mira que aficionarme a los programas de cocina. Yo que nunca había frito un huevo antes. Ni yo ni Marta. Recuerdo cuando se fueron nuestros padres juntos de vacaciones. Las dos parejas inseparables. Les convencimos para que nos dejaran en casa con la excusa de que teníamos que estudiar para los exámenes de septiembre. Mi madre dejó comida congelada para que fuéramos tirando toda la semana. Pero, la mayoría de los días, o se nos olvidaba sacarla del congelador con anterioridad o no nos apetecía lo que había. –¡Yo no quiero freír los huevos que seguro que me salta el aceite! –Pues yo menos. A mí siempre se me rompen. Tengo una idea,  pongo un paño de cocina delante de ti y tú los fríes. Así no te saltará el aceite. –Qué lista ¡ja, ja!  Y,  si me pones  un trapo  por delante, ¿cómo veo  lo  que estoy haciendo?   –Pues te subes a un taburete o al fregadero. – No se, no me parece una buena idea pero por probar… Esta Marta. Vaya ocurrencias que tenía. Ella era la más original de las dos. Cuando comprábamos ropa elegía los colores más chillones pero lo mejor es que conseguía combinarlos de tal forma que su look terminaba siendo copiado por el resto de la clase. Aunque lo más original que hizo fue casarse con ese tipo. Creo que le sacaba veintitrés años. Qué despropósito. En la boda parecía que el novio era el padrino. Los bancos traseros de la iglesia parecían el gallinero de un cine en sesión de tarde. Andaban todos cuchicheando sin parar. Yo le pregunté si estaba segura y casi se ofende por mi pregunta. Estaba feliz, sólo pedía un poco de respeto por la decisión que había tomado. No me opuse, pero sigo creyendo que merecía otra cosa. Además desde que se casó con él nuestra relación no ha parado de enfriarse. Ella culpa a lo que pasó aquel día. Pero si yo no me meto en su vida no tiene ningún derecho a meterse en la mía. Solo fue un aciago accidente. Tropecé eso es todo. Nunca he sabido caer bien.  Nosotros si que hacemos buena pareja. Cada uno con sus cosas pero eso es lo normal. Probablemente sienta celos. Ahora que lo pienso, me parece que Marta era demasiado absorbente conmigo. Vamos aquí, ponte esto, quédate conmigo. Debí de darme cuenta entonces.

−No, no te pongas nervioso amor. Está casi listo. Verás como te gusta. No, todavía no puedes verlo. Tu siéntate en el sofá que ya te aviso cuando esté terminado.

 “Mezclar el atún y el huevo picado con la salsa de tomate. Agregar la pimienta al gusto”. −Iré encendiendo el horno para que vaya cogiendo calor. Esto es lo peor de la cocina. En invierno se agradece pero ahora que la primavera despunta siempre acabo sudando. ¿Cómo conseguirá Marta estar siempre hecha un pincel? Cuando nos invitaba a cenar en su casa, salía de la cocina como una maniquí de revista. Parecía un anuncio. Se abría la puerta del salón y, allí estaba ella, con su estupendo vestido de marca, cada pelo de su rubia melena en el sitio exacto y llevando con desparpajo la bandeja del cochinillo. Todos los hombres la miraban con la boca abierta. ¡Si hasta parecía que el marrano había llegado a sus pies suplicando ser asado!

“Rellenar los canelones con la mezcla anterior y enrollarlos, colocarlos en una fuente refractaria. Cubrirlos con la bechamel caliente. Espolvorear la superficie con el queso rallado e introducirlos en el horno.” –Otros cinco minutos y listo. A poner la mesa.

−Si, amor, ya está. Siéntate que te sirvo….  Pero, ¿por qué dices eso? A ti los canelones te encantan. ¡Si tu madre siempre los hace y te chupas los dedos! Ya, ya se que ella cocina muy bien. Lo siento. No, no pretendía compararme con ella. ¡Perdona, amor!   Los rellené con atún por cambiar, quería darte una sorpresa pero, ahora mismo los vacío y los hago de carne. No te enfades, cariño. Perdóname, olvidé que no te gustan las sorpresas. ¡Soy idiota! ¡En qué estaría pensando! ¡No me grites por favor! Lo sé, estoy horrible, llevo todo el día en la cocina. Ya, ya me lavo. Ahora mismo me pongo guapa. Para ti, solo para ti. Amor… ¡Suéltame, por favor! Me estás haciendo daño. No, no me digas eso. Solo te quiero a ti. ¡Me haces daño, mucho daño! ¡Lo siento, no volverá a pasar! ¡Lo siento! ¡¿Qué haces?! ¡No… nooooo!

“Mañana llamaré a Marta… quiero que me diga la receta de la vichysoisse… a ella le sale buenísima.”

Al otro lado

Ésta vez Alicia no cruzó el espejo. Se limitó a esperar con los ojos muy abiertos. ¿Estaría en el lado correcto? Buscó indicios que la ayudaran a salir de aquella confusión pero, por más que se esforzara, no conseguía hallar  respuesta. Había pasado en ambas direcciones en infinidad de ocasiones e intentó contarlas. Una, dos, tres, … Lo dejó al poco de empezar porque desconocía en que lado se encontraba cuando cruzó por primera vez. Frustrada y a punto de echarse a llorar se apoyó sin mucho cuidado en el espejo. Éste se descolgó de la pared debido al peso de su cuerpo y cayó al suelo haciéndose añicos con el impacto. Alicia, inquieta, echó su melena a un lado y se agachó a contemplar los cristales. Miles de Alicias en miniatura golpeaban con sus pequeños puños los trozos de espejo diseminados por todas partes. Intentaban quizá escapar de aquellos múltiples destinos que se acababan de abrir ante ellas. Alicia notó que algo suave la acariciaba. Se levantó  de un salto y encontró a su lado a un pequeño conejo blanco. ¡Sígueme! -le dijo. Y se marchó tras él.